1. El programa de un vistazo
Indicación. Un niño o un adolescente de 4 a 17 años cuyo padre o madre, o el adulto que lo cría, tiene un trastorno mental: una depresión, un trastorno de ansiedad, un trastorno bipolar, una psicosis, un trastorno límite de la personalidad, un trastorno relacionado con el alcohol o las drogas, o un trastorno aparecido en torno a un nacimiento. La familia acude por iniciativa propia o la deriva el equipo que trata al progenitor. El programa es ante todo preventivo: el niño no necesita estar mal para beneficiarse de él, y si él mismo tiene un trastorno, este se trata con su tratamiento propio (sección 6).
Modelo de referencia. Las intervenciones familiares preventivas evaluadas para estas familias. Family Talk, de William Beardslee y sus colegas, en la que el clínico se reúne con los padres y después con cada hijo, prepara con los padres lo que dirán, y conduce una reunión familiar en la que los padres hablan de la enfermedad (Beardslee y cols., 2003; Solantaus y cols., 2010). «Let's Talk about Children», de Tytti Solantaus, una conversación breve y estructurada con el progenitor sobre la vida cotidiana del niño y sobre lo que, a su alrededor, puede apoyarlo (Allchin y Solantaus, 2022). Y la intervención familiar cognitivo-conductual de Bruce Compas y sus colegas, un programa de grupo para las familias en las que un progenitor está deprimido (Compas y cols., 2009). Este manual adapta sus principios publicados a un seguimiento familiar, sin reproducir sus materiales.
Formato. Tres sesiones de evaluación (Év1 a Év3): el progenitor enfermo, el otro progenitor o el adulto que cría al niño con él, y después cada hijo. Tres sesiones con los padres (P1 a P3), dos con el niño (E1 y E2), la reunión familiar (F1), el plan para los periodos difíciles (F2), el colegio y la red (R), y el balance (B). Eso supone doce sesiones para un hijo único, a lo largo de tres a cuatro meses, y una sesión Év3 más por cada hijo adicional, así como sesiones E1 y E2 separadas cuando las edades de los hijos son muy distintas (sección 31). Un módulo de tres sesiones (A1 a A3) se añade para el adolescente que lo necesite. Las sesiones duran 60 minutos con los padres, salvo la primera (Év1), que dura 75 minutos; de 45 a 50 minutos con un niño o un adolescente, y unos 30 minutos con un niño de 4 a 6 años, cuyo progenitor puede permanecer presente; y de 75 a 90 minutos la reunión familiar, que se reduce a unos 30 minutos cuando el único hijo tiene de 4 a 6 años. Siguen tres sesiones de recuerdo, a los tres, seis y doce meses. Un formato breve de tres encuentros con el progenitor es adecuado cuando el niño está bien y el progenitor recibe tratamiento (sección 28).
Mecanismo buscado. No se puede hacer desaparecer la enfermedad del progenitor, pero sí cambiar lo que el niño vive de ella: que comprenda lo que le pasa a su padre o a su madre y sepa que no es culpa suya; que conserve a sus amigos, sus actividades y adultos con quienes hablar; que la vida cotidiana se sostenga durante los periodos difíciles sin que él cargue con responsabilidades de adulto; y que su progenitor reciba tratamiento.
| Sesión |
Objeto |
Lo que debe salir de ella |
| Év1 |
El progenitor enfermo |
Historia recogida, seguridad evaluada, acuerdos escritos |
| Év2 |
El otro progenitor, o el adulto que cría al niño |
Seguridad evaluada, acuerdo para ver al niño |
| Év3 |
El niño |
Lo que sabe, teme y carga, dicho por él |
| P1 |
Lo que protege a un niño |
El círculo dibujado, las protecciones contadas |
| P2 |
La vida cotidiana durante la enfermedad |
El plan mínimo escrito, una tarea retirada al niño, las palabras de E1 validadas |
| E1 |
Comprender lo que le pasa a mi padre o a mi madre |
Las preguntas del niño escritas |
| E2 |
Lo que me ayuda |
Sus apoyos nombrados, un adulto con quien hablar |
| P3 |
Preparar la reunión familiar |
Lo que dirán los padres, escrito para cada hijo |
| F1 |
La reunión familiar |
La enfermedad nombrada por los padres, las preguntas formuladas |
| F2 |
El plan para los periodos difíciles |
Un plan familiar escrito y compartido |
| R |
El colegio y la red |
Un adulto de confianza por cada hijo |
| B |
Balance y continuación |
Medidas repetidas, plan para lo que viene |
| A1 a A3 |
El módulo para adolescentes |
Un cuaderno llevado por el adolescente |
Lo que distingue este programa de los demás manuales de este sitio. El niño no es el paciente designado: viene porque su progenitor está enfermo, y el objetivo es lo que ocurre a su alrededor. Los padres siguen siendo quienes hablan al niño: usted les ayuda a hacerlo sin hablar en su lugar. Y el tratamiento del progenitor forma parte de la prevención: usted trabaja con el equipo que lo trata, con su acuerdo. La familia se lleva nueve fichas (sección 35), y la guía Cuando un padre o una madre tiene un trastorno mental: acompañar al niño y al adolescente le ofrece las mismas ideas.
2. Antes de empezar
Las cinco decisiones previas
¿Está el niño en seguridad, y lo está el progenitor? Una enfermedad mental no es en sí misma un peligro para el niño; un agravamiento grave, ideas suicidas del progenitor o del niño, ideas delirantes que conciernen al niño, violencia en la pareja, un consumo de sustancias o una negligencia grave sí lo son. Es la sección 7, la única que puede suspender el programa.
¿Está de acuerdo el progenitor enfermo? Sin su acuerdo, usted no habla de su enfermedad con el niño ni contacta con su equipo, salvo peligro (sección 11).
¿Quién puede autorizar el seguimiento del niño? Las normas varían según los países; por prudencia, el seguimiento se hace con el acuerdo de los padres que ejercen la patria potestad, y siempre se busca el acuerdo del niño.
¿Necesita el niño este programa, o un tratamiento? Un trastorno instaurado se trata con su tratamiento propio, y el trabajo familiar se lleva a cabo en paralelo.
¿Está el progenitor lo bastante estable? Durante un episodio maníaco, una psicosis aguda o una crisis suicida, uno se ocupa primero de la seguridad y de la organización de la vida del niño. Una depresión en curso no es una razón para esperar si el progenitor puede participar: en el programa de Compas, el efecto apenas dependía de que hubiera un episodio depresivo parental al inicio (Compas y cols., 2015). En cambio, en el programa de grupo para adolescentes de Garber, el efecto desaparecía cuando el progenitor estaba deprimido al inicio (Garber y cols., 2009). Los autores sugieren, por tanto, tratar la depresión del progenitor en paralelo (Brent y cols., 2015), y este programa también lo pide.
Lo que este programa no trata
El trastorno del progenitor lo trata su equipo: usted no se convierte en su terapeuta (sección 11). Un trastorno instaurado en el niño corresponde a Tratar la depresión del niño y del adolescente: manual del terapeuta, a Tratar la ansiedad del niño: manual del terapeuta, a Trastorno de estrés postraumático en niños y adolescentes: manual del terapeuta o a Conductas suicidas y autolesiones en el adolescente: manual del terapeuta. Una situación de peligro corresponde primero a la protección (sección 7). Un conflicto de separación en primer plano corresponde a Separación y divorcio de los padres: acompañar al niño y a los padres — manual del terapeuta. El duelo por un progenitor corresponde a Tratar el duelo del niño y del adolescente: manual del terapeuta.
Cómo utilizarlo
Lea el conjunto antes de la primera sesión, en particular las secciones 5, 7 y 11, y relea la sesión F1 antes de la sesión P3. Las sesiones siguen una estructura común: el objetivo, las etapas con una duración orientativa, lo que usted dice y, cuando hay que evitar una frase, lo que no dice, la tarea entre sesiones, los errores frecuentes y el criterio de paso, dos últimos apartados que el módulo para adolescentes reúne en uno solo.
Tres advertencias. La enfermedad no es un peligro, y el silencio no es una protección: ver un peligro en todo progenitor enfermo ahuyenta a las familias, no ver un peligro real expone al niño, y el silencio lo deja solo con hipótesis a menudo peores que la realidad. Los padres llegan con miedo a ser juzgados: el SCIE, el organismo británico de referencia en trabajo social, observa que los padres dudan en pedir ayuda por miedo a perder la custodia de sus hijos, y los niños en hablar por miedo a ser separados de su familia (SCIE, 2011). Los efectos medidos son modestos: los programas reducen el riesgo, pero sus efectos sobre los síntomas son pequeños y a menudo se atenúan (sección 9). Dígaselo a las familias: el programa añade protecciones, no garantiza nada.
3. Las situaciones de entrada
1. El equipo que trata al progenitor deriva a la familia. Varios textos piden a los profesionales que atienden a adultos que se interesen por los hijos de sus pacientes. El NICE, el instituto británico que publica las recomendaciones de atención sanitaria, pide que la evaluación inicial de un adulto con psicosis abarque sus responsabilidades hacia niños (NICE, 2014a). En Noruega, desde 2010, la ley obliga a todo profesional que trate a un paciente con un trastorno mental o una dependencia a averiguar si tiene hijos menores y a hablar con él de sus necesidades (Helsepersonelloven, § 10 a); en Finlandia, la ley impone evaluar la necesidad de apoyo de esos niños (Terveydenhuoltolaki 1326/2010, sección 70). El progenitor suele sentir alivio de que se piense en sus hijos, y temor por lo que se va a pensar de él: el primer encuentro se hace con él a solas, y el formato breve suele bastar.
2. El niño está mal. Se le deriva por sus propias dificultades, y la enfermedad del progenitor aparece durante la evaluación, a menudo sin haberse nombrado nunca en casa. Se trata su trastorno con su tratamiento propio, se propone en paralelo el trabajo familiar, y se verifica que el progenitor recibe tratamiento, porque la curación de una madre deprimida se acompaña, de media, de una mejoría en sus hijos (sección 5). Cuando es el colegio el que se preocupa, ante un niño agotado, que falta a clase o que dice ocuparse de su padre o de su madre, también se pasa por los padres, y solo se alerta a los servicios de protección de la infancia si existe un peligro.
3. Una crisis o una hospitalización. El SCIE describe la hospitalización de un progenitor como una crisis mayor para la familia: rutinas trastocadas, adultos desbordados, padres e hijos inquietos e impotentes (SCIE, 2011). La urgencia se centra en lo inmediato: quién se ocupa de los niños, qué se les dice hoy, cómo mantienen el vínculo con su progenitor, y si alguno de ellos ha visto algo aterrador (secciones 7 y 30). El programa empieza cuando el progenitor está estabilizado.
4. El progenitor pide ayuda. Un progenitor en tratamiento pregunta cómo hablar de su enfermedad con sus hijos: es la situación más favorable, porque su demanda se refiere exactamente a lo que trabaja el programa.
Una viñeta. Inés, de 9 años, tiene dolor de barriga todas las mañanas. Su madre recibe tratamiento por una depresión desde hace un año; nadie se lo ha dicho a Inés, que piensa que su madre está «enfadada con ella» y comprueba cada mañana, antes de salir, que se ha levantado.
Las tres preguntas de cribado. La primera, «¿Hay alguien en la familia que esté en peligro en este momento?», se hace a cada adulto a solas y después al niño a solas. La segunda, «¿Qué saben sus hijos de su enfermedad?», recibe a menudo la respuesta «nada», casi siempre inexacta. La tercera, «¿Cómo está cada uno de sus hijos, en casa, en el colegio y con sus amigos?», separa al niño que está bien de aquel cuyas dificultades requieren una evaluación propia.
4. Lo que vive el niño, según la edad
Lo que dicen los propios niños
Una metasíntesis de 22 estudios cualitativos describe a niños responsables e inquietos, que sienten vergüenza cuando su progenitor se comporta de forma diferente, ocultan su vida familiar por miedo a ser estigmatizados o acosados, y ponen sus necesidades por detrás de las de su progenitor (Dam y Hall, 2016). Unos niños canadienses de 6 a 16 años comprendían mal la enfermedad de su progenitor y habían recibido pocas explicaciones basadas en hechos, lo que les causaba un sufrimiento innecesario; los más pequeños temían sobre todo la muerte de su progenitor, los mayores también enfermar a su vez (Mordoch, 2010). Estos niños se adaptan vigilando al progenitor y ajustándose a su comportamiento para mantener el vínculo, o tomando una distancia protectora (Mordoch y Hall, 2008). Las referencias por edad que siguen proceden de la práctica: ningún programa evaluado propone una división validada.
De 4 a 6 años. En la práctica, el niño ve los cambios sin poder explicarlos: un padre o una madre que se queda en la cama, que llora, que se enfada, que habla de forma extraña, o que desaparece en el hospital. Puede creer que él ha hecho enfermar a su progenitor, o que lo curará portándose bien, y reacciona más con su comportamiento que con palabras. Necesita explicaciones cortas y repetidas, rutinas, saber quién se ocupa de él, y seguir jugando y viendo a sus amigos: los más pequeños necesitan seguir siendo niños (Dam y Hall, 2016).
De 7 a 11 años. En la práctica, el niño compara su familia con las de sus compañeros y hace sus preguntas, a menudo a alguien que no son sus padres: «¿Se va a morir papá?». Empieza a ocultar la situación, a dejar de invitar a amigos, a estar pendiente del humor de su progenitor, y asume tareas: prepararse la merienda, ocuparse de un hermano más pequeño, recordar un medicamento, consolar.
De 12 a 17 años. En la práctica, aparece una pregunta: «¿Voy a acabar como él?» (Mordoch, 2010). Algunos adolescentes ocupan un lugar de adulto o se convierten en el confidente del progenitor; otros toman una distancia que los padres interpretan como indiferencia, cuando a menudo es una forma de protegerse. Es también la edad en la que el riesgo propio del joven se hace visible: en los hijos de padres deprimidos seguidos durante veinte años, la incidencia de la depresión era máxima entre los 15 y los 20 años (Weissman y cols., 2006b).
A todas las edades, vuelven tres temas. El niño se siente culpable, y los programas de Beardslee buscan explícitamente reducir esa culpa (Beardslee y cols., 2003). Calla por vergüenza: una revisión de 32 estudios describe el estigma «por asociación» que viven estos niños, el que sufren, el que temen, el que vuelven contra sí mismos, y la discriminación vinculada a las instituciones (Dobener y cols., 2022). Y quiere tener un papel que cuente: los niños quieren a menudo ser reconocidos como importantes para el bienestar de su progenitor, mientras que los adultos buscan protegerlos de una responsabilidad excesiva (Gladstone y cols., 2011). El programa reconoce lo que el niño hace, y retira lo que no le corresponde. Deben alertar, a cualquier edad, unas dificultades que duran o se extienden, ausencias para quedarse con el progenitor, un aislamiento lejos de los amigos, comentarios sobre la muerte, autolesiones, consumos, y un niño agotado por lo que carga.
5. Lo que hace daño, lo que protege: el modelo del programa
El riesgo es real, y no es un destino
Es más alto que en los demás niños. En un metaanálisis de 33 estudios de familias de alto riesgo, los hijos de padres con esquizofrenia, trastorno bipolar o depresión mayor tenían una probabilidad del 32 % de desarrollar un trastorno mental grave en la edad adulta, es decir, un riesgo relativo de 2,52 respecto a los controles (Rasic y cols., 2014). El metaanálisis más amplio, sobre 211 estudios, da para el riesgo de tener al menos un trastorno mental a lo largo de la vida un riesgo relativo de 3,0 y un riesgo absoluto del 55 % cuando el progenitor tiene un trastorno de ansiedad, de 2,1 y del 55 % cuando tiene un trastorno bipolar, de 1,9 y del 51 % cuando tiene una depresión, de 1,5 y del 38 % cuando tiene un trastorno relacionado con sustancias, y de 2,6 y del 17 % cuando tiene una psicosis (Uher y cols., 2023). Estos riesgos absolutos no se comparan de un trastorno a otro, porque proceden de estudios diferentes cuyos propios grupos de control no tienen las mismas tasas: la cifra baja de la psicosis no significa que estos niños sean los menos expuestos, y el riesgo relativo expresa mejor la diferencia con los demás niños.
No se limita al trastorno del progenitor. El riesgo de tener el mismo trastorno que el progenitor es el que más aumenta, multiplicado por 3,59, pero el de tener otro trastorno grave también aumenta, multiplicado por 1,92 (Rasic y cols., 2014). En una cohorte danesa de 865 078 niños, un trastorno grave en un progenitor se asociaba a casi todos los trastornos mentales en el hijo, incluidos los que no tenían relación aparente con el del progenitor (Dean y cols., 2010), y los hijos de padres ansiosos tienen más trastornos de ansiedad y depresivos, sin transmisión preferente del trastorno de ansiedad concreto de su progenitor (Lawrence y cols., 2019). El niño no hereda una enfermedad: su vulnerabilidad es en parte propia del trastorno de su progenitor, y en parte más general.
Muchos niños no desarrollan el trastorno de su progenitor. En el metaanálisis de Rasic, alrededor de dos tercios de los hijos de padres con esquizofrenia, trastorno bipolar o depresión mayor no habían desarrollado un trastorno grave en la edad adulta (Rasic y cols., 2014). El riesgo de tener a lo largo de la vida el mismo trastorno que el progenitor era del 8 % para la psicosis, del 5 % para el trastorno bipolar, del 14 % para la depresión, del 31 % para la ansiedad y del 9 % para los trastornos relacionados con sustancias (Uher y cols., 2023). En los registros daneses, el 7 % de los hijos de un progenitor hospitalizado por esquizofrenia habían recibido ese diagnóstico a los 52 años, frente al 0,86 % sin progenitor afectado: el 93 %, por tanto, no lo había recibido (Gottesman y cols., 2010). Para la psicosis, se puede decir así que la gran mayoría de los niños no desarrolla la enfermedad de su progenitor, y para el trastorno bipolar que la mayoría no la desarrolla, incluso con la cifra menos favorable, el 36 % a los 28 años (sección 9). Para la depresión, el mensaje es más frágil: en el mismo metaanálisis de Uher, las curvas acumuladas alcanzan el 24 % a los 18 años y el 46 % a los 28 años en los hijos de padres deprimidos, y en la cohorte galesa descrita más adelante, solo el 20 % de los adolescentes con un progenitor con depresión recurrente se mantuvieron con buena salud mental en tres evaluaciones a lo largo de cuatro años (Collishaw y cols., 2016). Con la familia de un progenitor deprimido, diga que muchos niños no desarrollan su enfermedad y que nada está escrito de antemano, en lugar de «la mayoría».
Estas cifras son frágiles. Las asociaciones entre la depresión materna y las dificultades del niño son de poca magnitud y varían según numerosos factores (Goodman y cols., 2011), y el 96 % de los estudios del metaanálisis de Uher presentaban un riesgo de sesgo alto. Lo que usted dice de ello a una familia cabe en cuatro frases: el riesgo es más alto; no se limita a la enfermedad del progenitor; muchos niños no desarrollan la enfermedad de su progenitor, y nada está escrito de antemano; y lo que ocurre en la familia cuenta.
Por dónde pasa el riesgo
El modelo de Goodman y Gotlib. En los hijos de madres deprimidas, describe cuatro vías de transmisión, la heredabilidad, una vulnerabilidad neurobiológica precoz, la exposición a los pensamientos, los comportamientos y las emociones negativas del progenitor, y un contexto de vida estresante, que moderan la salud y la implicación del padre, la evolución y el momento de la depresión materna, y las características del niño (Goodman y Gotlib, 1999).
Los genes, en parte. La heredabilidad se estima en un 37 % para la depresión mayor y en un 81 % para la esquizofrenia (Sullivan y cols., 2000, 2003). Describe una parte de la variación en una población, y no la probabilidad de que un niño concreto enferme, y estos estudios describen trastornos que resultan de factores genéticos y ambientales. Un estudio de adopción lo ilustra: la depresión de una madre adoptiva, que no comparte sus genes con el hijo, se asociaba a la depresión y a los trastornos de conducta del adolescente (Tully y cols., 2008).
La crianza durante la enfermedad. La depresión materna se asocia sobre todo a más comportamientos negativos hacia el niño, algo menos a una desvinculación, y débilmente a menos comportamientos positivos; estos efectos son más fuertes durante un episodio (Lovejoy y cols., 2000). En las madres con un trastorno límite de la personalidad, los estudios describen con más frecuencia interacciones poco sensibles, sobreprotectoras u hostiles (Eyden y cols., 2016).
La acumulación de dificultades. Un factor de riesgo aislado no tiene necesariamente un efecto grave; los riesgos se suman, y el impacto se vuelve mucho más probable cuando se acumulan tres factores o más, como una dependencia, violencia en la pareja y un trastorno mental sin apoyo. Por eso el diagnóstico no basta: hay que evaluar la repercusión real de los síntomas en la familia (SCIE, 2011). La pobreza forma parte de ello: en el Reino Unido, la exposición a un trastorno mental materno alcanza al 28,3 % de los niños en las zonas más desfavorecidas (Abel y cols., 2019).
Las responsabilidades de adulto. El SCIE llama joven cuidador a un menor que asume tareas y una responsabilidad que normalmente corresponden a un adulto: trámites, correo, contactos con los profesionales, medicamentos, apoyo emocional, tareas domésticas (SCIE, 2011). La «parentificación» referida en la infancia tiene una asociación débil pero fiable con los trastornos mentales en la edad adulta (Hooper y cols., 2011), y los jóvenes cuidadores tienen de media peor salud que sus iguales, con pruebas débiles (Lacey y cols., 2022). Un estudio británico recuerda que este riesgo no tiene nada de inevitable, y describe también desenlaces positivos, como una relación entre padres e hijos de buena calidad (Aldridge, 2006).
Lo que protege
Las relaciones, y un pensamiento propio. Los adolescentes resilientes de padres con un trastorno del estado de ánimo se caracterizaban por una gran comprensión de sí mismos, una fuerte implicación en sus relaciones, y la capacidad de pensar y actuar con independencia de su progenitor, aun cuando muchos se ocupaban de él (Beardslee y Podorefsky, 1988). En los adolescentes, el vínculo social se asociaba más claramente a una buena adaptación que los conocimientos sobre la enfermedad (Fraser y Pakenham, 2009).
Cinco protecciones que se suman. En una cohorte galesa de 262 adolescentes de padres con depresión recurrente, cinco factores se asociaban al mantenimiento de una buena salud mental a lo largo de cuatro años: la expresión de emociones positivas por parte del progenitor deprimido, el apoyo del otro progenitor, unas relaciones sociales de calidad, el sentimiento de eficacia personal y una actividad física frecuente. Se sumaban: la proporción de adolescentes que se mantuvieron con buena salud pasaba del 4 % con cero o un factor al 48 % con los cinco, y los autores concluyen que las dificultades son «frecuentes pero no inevitables» (Collishaw y cols., 2016). El apoyo emocional del padre, favorecido por una buena relación de pareja, se asociaba a menos síntomas depresivos en estos adolescentes (Mahedy y cols., 2018).
Comprender, y poder hablar de ello. Según el SCIE, los niños piden una información adaptada a su edad, alguien con quien hablar y la posibilidad de ver a sus amigos, y ayudar a cada miembro de la familia a comprender mejor la enfermedad ayuda a cada uno a afrontarla (SCIE, 2011). A los niños les va mejor gracias a la información, a la franqueza y a relaciones de confianza (Dam y Hall, 2016).
Tratar al progenitor ayuda también al niño
Es el resultado que más cambia la conducta a seguir, y se refiere a la depresión materna: para los demás trastornos, el vínculo es plausible, pero no se ha estudiado de la misma manera. En un estudio estadounidense de 151 parejas madre-hijo, la remisión de la depresión materna tras tres meses de tratamiento farmacológico se acompañaba de una disminución del 11 % de los diagnósticos en los hijos de 7 a 17 años, frente a un aumento de aproximadamente el 8 % cuando la madre no se curaba; ningún niño sin diagnóstico al inicio cuya madre se había curado desarrolló un trastorno en tres meses, frente al 17 % de los niños cuya madre seguía deprimida (Weissman y cols., 2006a). Es una asociación observada, no un efecto establecido por asignación aleatoria, pero los ensayos van en el mismo sentido: la psicoterapia de las madres deprimidas mejora un poco la salud mental de sus hijos (Cuijpers y cols., 2026). Y el vínculo va en los dos sentidos: la evolución de los síntomas del progenitor predecía la del hijo, y a la inversa, en parte a través de la aceptación que el progenitor mostraba hacia el hijo (Garber y cols., 2011).
El modelo que guía este programa
El riesgo no es un destino, y gran parte de lo que pesa puede modificarse: la duración de la enfermedad, mediante el tratamiento del progenitor; la vida cotidiana durante los malos periodos; los apoyos del niño; y lo que comprende de lo que ocurre.
Las protecciones se suman, al menos los cinco factores de la cohorte galesa. El programa busca reforzar los que pueden reforzarse, el apoyo del otro progenitor, las relaciones con los iguales, una actividad, los momentos cálidos del progenitor, y añade sus propios objetivos, que no se han evaluado como protecciones: una explicación ajustada, un adulto con quien hablar, rutinas que se sostienen, un plan para las crisis, un progenitor en tratamiento.
Son los padres quienes hablan. Es una elección de este programa, tomada de la estructura de Family Talk, más que un resultado demostrado. En el primer ensayo de Family Talk, la intervención conducida por un clínico mejoró más la comprensión de los niños que unas conferencias destinadas a los padres, lo que aboga por vincular la información con la experiencia vivida de la familia e implicar directamente a los niños (Beardslee y cols., 1997). Y cuanto más cambiaban los padres su manera de hablar y de actuar con el niño, más progresaba el niño en su comprensión de la enfermedad (Beardslee y cols., 2003), una asociación que no dice qué causa qué. En cambio, en cuanto a los síntomas del niño, Family Talk no obtuvo mejores resultados que las conferencias (Beardslee y cols., 2003), ni que «Let's Talk about Children», que no reúne a la familia, en el estudio sueco (Wirehag Nordh y cols., 2023).
El círculo. La enfermedad cambia al progenitor, por el cansancio, la irritabilidad, el retraimiento o comportamientos inhabituales, y cambia la vida cotidiana. Sin explicación, el niño llena el vacío con sus propias hipótesis: se cree responsable, teme que su progenitor muera o enfermar él mismo, vigila, asume tareas de adulto, y oculta la situación por vergüenza. Se aleja entonces de sus amigos y de sus actividades, es decir, de lo que más lo protege, y aparecen sus propias dificultades, que a su vez pesan sobre un progenitor ya frágil. Usted dibuja este círculo con los padres en la sesión P1, y cada flecha recibe su sesión: la explicación (E1, P3, F1), los apoyos (E2, R), la vida cotidiana y las tareas (P2, F2), y el tratamiento del progenitor (Év1, vínculo con su equipo).