Trastornos neurocognitivosPara un ser querido50 min de lectura

Acompañar a un allegado con alzhéimer u otra demencia

Su madre repite la misma pregunta diez veces por hora, su marido se niega a ducharse por la noche, y usted ya no duerme. Esta guía explica lo que la enfermedad cambia en la cabeza de su allegado, por qué la mayoría de los comportamientos difíciles tienen una causa que se puede buscar, cómo hablarle sin dejarlo en evidencia, cómo proteger su seguridad y preparar las decisiones mientras todavía puede tomarlas. Explica también cómo aguantar usted sin agotarse.


Dr. Zayan Al-Falasi, médico psiquiatra

En resumen

Esta guía se dirige a los cuidadores familiares de una persona con la enfermedad de Alzheimer u otra demencia: cónyuge, hijo, hermano o hermana, amigo o vecino que ha tomado el relevo. Se apoya en lo que la investigación ha establecido: los comportamientos difíciles tienen casi siempre causas que se pueden buscar, empezando por el dolor; los enfoques sin medicamentos van primero; y los cuidadores que aprenden estrategias precisas se encuentran mejor, durante años. Propone un método paso a paso para las situaciones del día a día, dice con claridad qué es una urgencia, y dedica un amplio espacio a la salud de quien cuida.

Temática
Trastornos neurocognitivos
Para quién
Para un ser querido
Idiomas
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El programa

Esta guía es un contenido de psicoeducación. No sustituye a una consulta. Si su allegado se vuelve de repente más confuso, más somnoliento o más agitado, en unas horas o en unos días, llame a su médico ese mismo día, o a los servicios de urgencias de su país si su estado le preocupa. La enfermedad, en cambio, avanza despacio, en meses y en años: un cambio tan rápido señala la mayoría de las veces otra causa, como una infección, una deshidratación, un dolor o el efecto de un medicamento, que se puede tratar (sección 11). Llame también a emergencias después de una caída con lesión, o si su allegado ya no bebe. Si siente que podría hacerle daño, o si usted mismo piensa en morir, háblelo hoy con un médico o con una línea de prevención del suicidio; en caso de peligro inmediato, llame a los servicios de urgencias. No modifique nunca por su cuenta un tratamiento prescrito. Calcule cincuenta minutos de lectura.

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1. Antes de empezar

Son las seis de la tarde. Su madre le pregunta, por quinta vez desde la merienda, a qué hora vuelve su padre. Su padre murió hace seis años. La primera vez, se lo recordó con suavidad, y ella lloró como si se enterara en ese momento. La quinta vez, usted ha contestado con más sequedad de la que habría querido, y ella le ha mirado con esa cara de desconcierto que le encoge el estómago. Esta noche, otra vez, habrá que negociar el aseo y esconder las llaves del coche. Y mañana, volver a empezar.

Quizá se pregunte si lo está haciendo mal, si ella lo hace a propósito, cuánto tiempo va a aguantar.

Tres cosas, de entrada.

Lo que hace su allegado no va dirigido contra usted. La enfermedad daña la memoria, y después la capacidad de comprender lo que pasa y de orientarse; en la enfermedad de Alzheimer, la más frecuente, lo primero que se borra son los recuerdos recientes. Las preguntas repetidas, las negativas e incluso las acusaciones son lo que hace una persona que ya no entiende lo que ocurre a su alrededor, y que intenta tranquilizarse con lo que le queda.

Se pueden mejorar muchas cosas, aunque la enfermedad avance. Hoy la enfermedad no se cura. Pero la mayoría de los comportamientos difíciles tienen una causa que se puede buscar: un dolor, un miedo, una necesidad que la persona ya no sabe expresar, un lugar que la desorienta. Y los cuidadores que aprenden algunas estrategias precisas se encuentran mejor, con un efecto que todavía se puede medir seis años después.

Su salud cuenta tanto como la de su allegado. Los cuidadores de una persona con demencia están deprimidos y estresados con más frecuencia que las personas que no cuidan a nadie. No es una debilidad: es el efecto de una carga pesada que se prolonga. La sección 12 está dedicada a usted, y nada le impide leerla primero.

2. Comprender la enfermedad

Una palabra que designa un conjunto

La palabra demencia no quiere decir locura, y no designa una enfermedad concreta. Designa un declive de las capacidades del pensamiento (la memoria, el lenguaje, la atención, la orientación, la capacidad de organizar una acción) lo bastante marcado como para que la persona ya no pueda llevar sola su vida diaria. Los médicos hablan también de trastorno neurocognitivo mayor: es la misma realidad, con otro nombre. Según la Organización Mundial de la Salud, unos cincuenta y siete millones de personas vivían con una demencia en el mundo en 2021.

Las causas más frecuentes

La enfermedad de Alzheimer estaría detrás, según la misma organización, de entre el 60 y el 70 % de las demencias. Unas proteínas anormales se acumulan primero en las regiones del cerebro que registran los recuerdos nuevos: por eso el primer signo suele ser la dificultad para retener lo que acaba de pasar.

Las demencias vasculares se deben a lesiones de los vasos del cerebro, tras uno o varios accidentes cerebrovasculares (esos «ataques» en los que una arteria del cerebro se obstruye o sangra) o por un desgaste lento de las pequeñas arterias. Sus lesiones se suman a menudo a las de la enfermedad de Alzheimer: se habla entonces de forma mixta.

La enfermedad por cuerpos de Lewy, llamada así por unos pequeños cúmulos de proteína que se forman en las células del cerebro, se reconoce por variaciones marcadas de un momento a otro, por alucinaciones visuales (ver personas o animales que no están ahí), por un sueño durante el cual la persona representa sus sueños con gestos, y por una rigidez parecida a la de la enfermedad de Parkinson. En esta enfermedad, algunos medicamentos contra las alucinaciones pueden provocar reacciones graves.

Las degeneraciones frontotemporales dañan la parte delantera del cerebro, que regula el comportamiento en sociedad. Suelen empezar antes de los sesenta y cinco años, con un cambio de carácter más que con olvidos, y a menudo se piensa primero en un trastorno psíquico, como una depresión.

El diagnóstico de la causa corresponde al médico especialista. Si el informe habla solo de «trastornos cognitivos», pregunte a qué causa se han atribuido.

Lo que la enfermedad borra, y lo que conserva durante mucho tiempo

Imagine un cuaderno al que se le arrancaran las páginas una a una, empezando por la última. Lo que pasó hace diez minutos puede desaparecer; lo que pasó hace cincuenta años sigue a menudo nítido. Así, su madre puede contar su boda con todo detalle y esperar a su marido, que vuelve del trabajo: a ratos, vive en una época en la que eso era verdad.

Otras capacidades resisten mucho tiempo, y usted va a apoyarse en ellas. Su allegado percibe el tono con el que usted le habla mucho después de haber dejado de seguir sus frases. A menudo conserva los gestos aprendidos hace mucho, como doblar la ropa o cantar. Y sus emociones pueden durar más que sus recuerdos: en un pequeño estudio de Edmarie Guzmán-Vélez y sus colegas, diecisiete personas con la enfermedad de Alzheimer seguían tristes más de media hora después de ver un fragmento de película triste que ya no recordaban. Un estudio tan pequeño no lo demuestra todo, pero así una discusión puede olvidarse pronto y dejar un malestar que dura.

Cuando no se da cuenta

Muchas personas con demencia no perciben sus propias dificultades. No es mala fe ni una negación psicológica: la enfermedad daña precisamente la capacidad de observarse a uno mismo, lo que los médicos llaman anosognosia. Por eso no se puede convencer a su allegado de que está enfermo, y los intentos repetidos acaban en discusiones. Parta más bien de lo que él quiere, seguir en su casa o seguir recibiendo a sus nietos, y busque con él cómo conseguirlo con seguridad.

Las etapas, a grandes rasgos

La enfermedad avanza a lo largo de varios años, a un ritmo muy variable. En la fase leve, los papeles, el dinero y los trayectos poco habituales se vuelven difíciles. En la fase moderada, la persona necesita ayuda para vestirse o lavarse, y los trastornos del comportamiento suelen ser los más marcados. En la fase grave, depende de los demás para casi todo, y su confort pasa a primer plano. Estas etapas son referencias, no un calendario.


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Lo que contiene el resto

  • 3. Lo que dice la investigación
  • 4. Lo que la enfermedad le hace al cuidador
  • 5. Hablar con su allegado en el día a día
  • 6. Los comportamientos difíciles: un método en cuatro tiempos
  • 7. Las situaciones más frecuentes
  • 8. Los enfoques sin medicamentos, y el lugar de los medicamentos
  • 9. La seguridad en el día a día
  • 10. Anticipar las decisiones mientras su allegado pueda expresarse
  • 11. El empeoramiento brusco: una urgencia
  • 12. Su agotamiento, y lo que le ayuda
  • 13. Ocho semanas para volver a hacer pie, paso a paso
  • 14. Las situaciones particulares
  • 15. Cuándo consultar, y a quién
  • 16. Preguntas frecuentes
  • 17. Para recordar
  • 18. Fuentes y fundamentos

Preguntas frecuentes

¿La enfermedad es hereditaria? En el caso de la enfermedad de Alzheimer, casi nunca de forma directa. Las formas que se transmiten de padres a hijos a través de un solo gen representan menos del 1 % de los casos, según la revisión de Randall Bateman; suelen empezar antes de los sesenta años y afectan a varias generaciones. Un padre o una madre con una forma tardía, la situación más corriente, no le transmite la enfermedad de esa manera, aunque algunos genes más extendidos pueden aumentar el riesgo. La herencia pesa más en las degeneraciones frontotemporales. Si varios familiares se vieron afectados de jóvenes, una consulta de genética permite hablarlo.

¿Puedo hacer algo para no tener la misma enfermedad? La comisión de expertos reunida por la revista médica The Lancet identificó en 2024 catorce factores de riesgo sobre los que se puede actuar, entre ellos la pérdida de audición no corregida, la hipertensión (una tensión arterial demasiado alta), la inactividad física, el tabaco y el aislamiento; actuar sobre ellos en toda la población podría en teoría, según esa comisión, evitar o retrasar casi la mitad de las demencias. Nuestro programa Aumentar la longevidad: el programa Psychotip® detalla estas palancas.

¿Hay que decirle su diagnóstico? La comunicación del diagnóstico corresponde al médico que lo estableció, y cada persona tiene derecho a saber lo que desea saber de su enfermedad. Algunas quieren entenderlo todo, otras prefieren hablar de «problemas de memoria»: ambas actitudes se respetan. Ocultar el diagnóstico le impide sobre todo participar en las decisiones que le conciernen mientras todavía puede hacerlo.

¿Debo recordarle que su marido ha muerto? No cada vez que lo reclame: sería hacerle revivir un duelo cada día. Responda a lo que siente, hable de él con ella, y luego proponga otra cosa, como describe la sección 5. Si un día le pregunta con calma qué ha sido de él, puede decirle la verdad con delicadeza, quedándose cerca de ella, y ver cómo la recibe.

¿Los juegos de memoria pueden frenar la enfermedad? Nada lo demuestra: mejoran un poco los resultados en los tests, no la vida diaria (sección 3). Si le gustan esos juegos, son un pasatiempo. Lo que ayuda más son actividades que tengan sentido para él, y un grupo de estimulación cognitiva si existe alguno cerca de su casa.

Se niega a ver a un médico. ¿Qué hago? No intente convencerle de que está enfermo. Proponga la consulta por un motivo que acepte, como un control de la tensión, y avise al médico de antemano, por escrito, de lo que usted observa. Ante un peligro inmediato, llame a emergencias, incluso en contra de su opinión.

A veces le grito. ¿Le estoy maltratando? Gritar en un momento de agotamiento les pasa a muchos cuidadores, y el hecho de que se lo pregunte muestra que eso le hace sufrir. Aun así, los investigadores clasifican los gritos, los insultos y las amenazas entre los comportamientos maltratantes, incluso sin intención de hacer daño, porque asustan a la persona. Los ven como una escala, en la que un grito aislado no tiene el peso de unos insultos diarios (sección 9). Cuando estos momentos se repiten, es la señal de que necesita más ayuda y un plan para los momentos de tensión (sección 12). Si ha habido un gesto físico, o si teme llegar a eso, háblelo ese mismo día con un médico o con un psicólogo: están ahí para ayudarle, no para juzgarle.

Ya no me reconoce. ¿Sirven todavía de algo mis visitas? Sí. Una persona que ya no sabe quién es usted puede seguir sintiendo su presencia, su voz, su mano. Y como una emoción puede durar más que su recuerdo (sección 2), el bienestar de una visita puede persistir después del olvido. Venga para un momento sencillo: una canción, un poco de crema en las manos, un paseo.

¿Cuándo hay que plantearse una residencia? Cuando su allegado ya no está seguro en casa a pesar de las ayudas, o cuando usted ya no puede más; unos criterios escritos de antemano ayudan a reconocerlo (sección 10). No es un abandono: usted sigue a su lado, con un papel distinto.

El médico propone un medicamento para calmarlo. ¿Qué debo preguntar? Pregunte si se ha buscado un dolor, una infección o un efecto de un medicamento, cuáles son los riesgos para él, y cuándo se hará balance para decidir si se continúa o se suspende (sección 8). La decisión sigue siendo médica.

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